Libertad, desigualdad y fraternidad

“Hay una aristocracia natural entre los hombres. Las razones de esto son virtud y talentos” Thomas Jefferson

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Desde finales del s.XIX, la defensa de la igualdad no ha dejado de ganar adeptos. También hoy la peligrosa doctrina igualitarista sigue ratificándose de forma casi incuestionable. Su defensa se ha impuesto con el mismo dogmatismo con que se niega el valor de la diferencia como base de nuestra propia naturaleza. Como tantos otros fenómenos de masas, este ha de ser observado con cautela.

El propio término ‘igualdad’ puede dar lugar a ambigüedades, por lo que cabe precisar el contexto en que se utiliza. Su valor es innegable en tanto en cuanto establece un único marco legal y jurídico entre individuos de una misma sociedad. La igualdad ante la ley –en derechos y deberes– constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática. Cuando, sin embargo, esta sirve para disfrazar los deseos de unos pocos y transformarlos en hechos irrefutables, su defensa entraña ciertos peligros. La igualdad social, económica o cultural, son fantasías irrealizables que suelen desembocar en espantosas catástrofes.

Su estandarte estuvo siempre en el centro de la doctrina socialista, –democracia es igualdad -decía Lenin, lo que les sirvió para llevar a cabo una guerra sin cuartel contra las libertades individuales. Eliminar cualquier tipo de diferencia entre individuos era el paso necesario para crear un nuevo hombre y transformarlo en una mera pieza dentro de la maquinaria del Estado. Para sostener tal postura, se negó hasta lo más evidente. Durante la Unión Soviética, las hipótesis pseudocientíficas de Lysenko, a cargo de la Academia de Ciencias Agrícolas, sirvieron a Stalin para arrestar y ejecutar a cientos de científicos. Las teorías darwinistas constituían un grave peligro, pues reconocían la existencia de características heredadas, algo totalmente incompatible con el genuino ideal de la igualdad. La identidad del hombre resultó ser el efecto de una simple construcción social y se negó la validez científica de la genética. Acercándose al lamarquismo, Lysenko entendía que cuanto mejor fuese el entorno, tanto mejor sería el individuo. Hoy sabemos que la herencia –biológica o no–constituye un elemento determinante en lo físico, lo psíquico y lo social. Y que perseguirla es una absurda irresponsabilidad.

Pero el igualitarismo irracional y dogmático no murió con Stalin. Más bien recicló sus posturas. Durante los últimos años se ha ido extendido un novedoso concepto: la igualdad de género. Esta no trata, ni mucho menos, de promover el mismo trato ante la ley, pues este ya existe: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.” (Art.14 Constitución). En una nueva cruzada contra el sentido común, sus defensores tratan de anular cualquier diferencia entre hombres y mujeres. Redefiniendo términos básicos y exprimiendo el lenguaje, dicen distinguir entre sexo biológico y género como construcción social. Sumidos en un mar de confusiones, el ser hombre o mujer es ya una mera y alterable cuestión de sentimientos. De nuevo, pseudopedagogos y charlatanes a sueldo de grandes lobbies han decidido enterrar los preceptos de la sensatez y la biología de secundaria en pro de argumentos vacíos y profundamente victimistas.

Sin embargo nuestra historia está construida sobre profundas desigualdades. El progreso humano no habría sido tal sin el anhelo de ciertos hombres de diferenciarse, de superar al resto. De batirse en duelo con lo ordinario y enseñar sus colmillos a la manada. De levantar el vuelo del corral y aventurarse a planear sobre el acantilado. Y de aprovechar, por qué no, las concesiones de la naturaleza, sus dones personales. Pero el afán homogeneizador de algunos no es fortuito. Tales dislates son inevitables en una sociedad que contempla su alrededor bajo el prisma del relativismo. Donde nada es y todo puede ser. Donde todo se cuestiona y se somete a juicio. Donde los hombres no son hombres ni las mujeres son mujeres. Donde gobierna el sentimiento y no la verdad. Donde, en definitiva, aspiramos a ser iguales y no libres.

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