Prohibido discrepar

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Han vuelto a la carga. Llegaba abriendo titulares, para sorpresa de los más ingenuos, como inspirada en una de esas fantasías típicamente orwellianas que tanta excitación provoca en algunos. Ayer, por obra y gracia de Podemos, se debatía en el Congreso la toma en consideración de la “Proposición de Ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales” saliendo adelante su tramitación parlamentaria. Tal iniciativa habría ocupado en otros tiempos las últimas líneas del más anodino panfleto local. Algo inadmisible para el común del vulgo que, además de pan et circenses, necesita asegurarse a cada instante de no estar contradiciendo la opinión mayoritaria. Y es que, dentro de las idioteces que puede uno considerar tolerables no está la de quienes pretenden legislar sobre la vida ajena.

Entre los muchos desvaríos reflejados en la propuesta, se recoge la obligación de incluir «contenidos sobre la diversidad sexual, de género y familiar en asignaturas como Conocimiento del Medio en la educación primaria o el movimiento LGTBI en Historia, en Secundaria» así como la divulgación «en todos los medios de comunicación públicos (…) de contenidos que contribuyan a una percepción del colectivo exenta de estereotipos» y la «difusión de las necesidades de las personas LGTB». Aquellos que utilicen expresiones que puedan resultar ofensivas para el referido colectivo tendrán que enfrentarse a multas de entre 20.001 y 45.000 euros.

Además, vuelven los autos de fe. Se propone crear un tribunal inquisitorial bajo el nombre de “Agencia Estatal contra la discriminación por orientación sexual, identidad de género, expresión de género y características sexuales” cuya misión sería «la ejecución de los expedientes sancionadores de las infracciones contenidas en la ley». Lo que en otras palabras podríamos llamar Policía del Pensamiento. Las terapias “de reversión”, aun siendo consentidas o solicitadas por un mayor de edad, serán sancionadas con multas de hasta 45.000 euros.

Pero cualquiera que haya leído 1984 sabrá que todavía les queda un poderosísimo elemento con el que jugar: la historia. Y no lo han pasado por alto. Proponen también la creación de un “Centro Nacional de Memoria Histórica de LGTBI” mientras continúan reafirmando que «ante cualquier infracción, cualquiera que sea su naturaleza, se procederá al decomiso y destrucción, borrado o inutilización de libros, archivos, documentos, artículos (…)». Si eso no es luchar por los derechos de los desfavorecidos, que baje Marx y lo vea.

Entre absurdos e inmoralidades, recogen también la realización de cirugías de reasignación sexual a adolescentes a partir de los 16 años sin el consentimiento paterno así como la aprobación del uso de hormonas «por sí mismos» durante la pubertad. Todo ello mientras el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales publica que el 98% de los varones y el 86% de las mujeres que durante la infancia confunden su género, acaba aceptando su sexo tras la pubertad. O mientras el Colegio Americano de Pediatras alerta del empleo de hormonas en menores bajo el riesgo de sufrir cáncer o enfermedades cerebrovasculares. Condición suficiente para la retirada inmediata de su custodia.

Ante la decadencia política la única solución posible parece el ostracismo. La despolitización absoluta. La indiferencia y el libertinaje. O esperar a que se imponga el sentido común. Porque de la unión entre la transgresión de la ‘ley natural’ y el puritanismo extremo solo puede nacer el caos, como en un cuadro de El Bosco. Mientras tanto, queda prohibido discrepar.

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Wahabismo, ‘Wasabi’ y Salafismo

 

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El culpable de un atentado, si acaso lo hay, no es nunca el propio terrorista. Esto lo lleva grabado a fuego la izquierda española, entreguista y ñoña. La foto de las Azores, la falta de empatía de anfitriones y vecinos o el apretón de manos entre Juan Carlos y Bin Abdelaziz son los pretextos más recurrentes para absolver de toda culpa a los barbudos ejecutores. Y es que la fijación de algunos contra el régimen saudí, no exento de su parte de culpa, empieza a ser sospechosa.

Nadie sabe en qué pensaba exactamente Pablo Iglesias cuando, ante las cámaras, advirtió de «lo que ha significado el ‘wasabismo’ para comprender la radicalización que ha llevado a algunos a cometer atentados». Sus declaraciones, puestas en contexto, tienen poco de casual. La obstinación casi obsesiva de Iglesias por situarse siempre del lado del régimen de Jamenei quizá tenga algo que ver con el dinero cobrado de la propia dictadura de los ayatolás. Durante tres años, hasta un mes antes de las elecciones de 2015, el secretario general de Podemos cobró hasta casi 100.000€ de Irán a través de la productora Hispan TV. Algo poco ético tratándose de un régimen catalogado como ‘catastrófico’ en materia de derechos humanos por numerosas organizaciones internacionales. Dejando a un lado esto, muy comentado ya, así como el aparente desliz fónico que le llevó a confundir una corriente islámica con una salsa nipona, analicemos la aclaración que publicó posteriormente en su cuenta de Twitter.

En respuesta a un tuit del diario Libertad Digital en el que se leía: «Pablo Iglesias confunde el wahabismo islámico con la salsa japonesa wasabi», Iglesias declaró: «Escribir wahabismo (o salafismo) islámico es tan redundante como escribir pentecostalismo cristiano, pero gracias por corregirme la dicción». Sin reparar en la comparación, creo más relevante la aparente vinculación que parece hacer entre wahabismo y salafismo, como si de sinónimos se tratasen. Segundo –y aún más grave- error.

A pesar de que en ocasiones ambos términos se utilicen como si su significado fuese el mismo -costumbre arraigada entre algunos medios-, la realidad hace algunos matices. No hace falta ser un experto –yo, de hecho, no lo soy- para advertirlos. Basta con investigar unos minutos y navegar por algunas páginas de rigor.

El salafismo ( de ‘salaf’ o ‘ancestro’) se interpreta como una ‘vuelta a los orígenes’. Este deriva de una interpretación literal del Corán y ha estado presente en el sustrato popular del Islam durante gran parte de su historia. El salafismo fue, entre la comunidad suní, una vía de escape para afrontar grandes crisis internas, ya fuesen políticas, sociales o religiosas. Su origen se puede atribuir a Ibn Hanbal, en el siglo IX, fundador de la escuela hanbalí, en un llamamiento al retorno al Islam ancestral. Esta tendencia se intensifica cuando, tras el auge del imperialismo y las invasiones coloniales, la influencia de Occidente en los países islámicos empieza a ser más palpable. La idea de volver al Islam verdadero, puro y cristalino, favorece el creciente rechazo a las nuevas formas de vida importadas del exterior: la religión se cuestiona, el mundo se industrializa y en el horizonte aparecen los primeros destellos de la aldea global. Los musulmanes comienzan a sentirse extraños en sus propias ciudades y, valiéndose del salafismo, fomentan una creciente confrontación con Occidente. Ya en nuestros días y tras las Primaveras Árabes –que nacen quizá como pretexto para justificar ciertos intereses- tales ideas que podían parecer abstractas se materializan en verdaderas amenazas.

No obstante, el propósito de desligarse de la influencia occidental y huir de la tutela económica de las potencias coloniales fue tal que acabó por desvincularse del argumento religioso. Ejemplo de ello son las políticas de Mohammed Mossadeq, primer presidente democrático de Irán, que, en un intento por independizarse de los ingleses, decide nacionalizar el petróleo y entregárselo al pueblo. Ello le acarreó graves consecuencias: la CIA orquestó la ‘Operación Ajax’ y Mossadeq fue derrocado en beneficio del Sha.

Sin embargo, el wahabismo es posterior. Con matices ya no sólo religiosos sino también políticos, se podría definir como una versión contemporánea del salafismo. Nace a raíz de las ideas de Muhámmad ibn Abd-al-Wahhab, clérigo suní, que achaca de nuevo la decadencia de los países musulmanes a la influencia exterior. Optando por una visión purista del Islam, con la Sharía por bandera y bajo la influencia del hanbalismo crea, junto a Ibn Saúd, primer monarca saudí, las bases de un nuevo estado de corte fundamentalista y autoritario. El wahabismo está asociado especialmente a Arabia Saudí y Catar, a quienes se les acusa de difundir mensajes radicales y favorecer el terrorismo yihadista. Podríamos decir, a modo de conclusión, que el salafismo es algo así como la fuente de la que bebe el wahabismo contemporáneo.

El tercer error llegó unos días después. Mohammed Al Kuwari, embajador catarí en España, publicaba una foto en su cuenta de Twitter junto a Pablo Iglesias, quien, precisamente, había señalado a Catar como uno de los países culpables de financiar el terrorismo internacional. Yo ya no entiendo nada. Y es que, como decía Maquiavelo, la política no es sino el arte de engañar.

(Este artículo fue publicado en: http://www.letralibre.es/2017/09/wahabismo-wasabi-y-salafismo.html )

Wandervögel: la juventud errante

La juventud germana está descubriendo la sabiduría de Oriente, atacando al materialismo, alabando la espontaneidad, retornando comunalmente al campo, y vituperando la política (que pronto le encontrará uso a su energética ignorancia).

Stanley High, Revuelta de la Juventud, 1923

Cercenando sus raíces y aniquilando su espíritu, Europa –por no decir Occidente– ha desterrado todo sentir simbólico para abogar por el frívolo racionalismo. Así ocurre cuando, tras la Revolución Industrial y el éxodo rural, el hombre moderno conforma sus usos y costumbres ajeno a su pasado y alejado de todo cuanto hasta ahora había considerado natural.

La hipocresía del mundo burgués, la sensación de desapego a la naturaleza y de servidumbre a lo material y el creciente desinterés por las cosas del espíritu, propiciaron el nacimiento de movimientos contraculturales de ruptura con la nueva época social. Uno de ellos fue el movimiento juvenil Wandervögel (Aves Errantes), coetáneo del modernismo de Rubén Darío, pero sin verdadera intención de impulsar un cambio social. Nacido en la Alemania imperial de finales del s.XIX , el auge de este grupo de pioneros scouts podría considerarse el precursor del hippismo de los 60.

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La ciudad había cumplido su objetivo según Marquina. Consiguió despertar en parte de la juventud alemana el deseo de volver al campo. Así nace en 1896 el movimiento Wandervögel, establecido oficialmente en 1901 de la mano del profesor Karl Fisher, discípulo del botánico Hermann Hoffmann. Con ciertos toques nacionalistas y sin renunciar al aire de grandeza atávica que desprendía la Alemania teutónica, Fisher pronto transmitió a su círculo el espíritu de aventura y el amor por la libertad, la naturaleza y el folclore. Los jóvenes Wandervögel desarrollaron un movimiento contestatario contra la superficialidad burguesa, la moda o el abuso del alcohol y el tabaco, síntomas de decadencia moderna. Se retiraron a las afueras, desarrollaron su propio código de vestimenta, destilaron conductas pacifistas y cantaron con sus guitarras.

Una buena definición es la que ofrece el historiador británico Peter Stachura: «Los Wandervögel apuntaban a afirmar el anhelo juvenil de ser reconocidos como una entidad en sí misma, y de hallar la forma de despertar un sentimiento de determinación en una sociedad que sentían como demasiado rigurosa, compleja y materialista. Pero los Wandervögel no poseían programas claramente formulados para resolver estos problemas, y en cambio canalizaban su protesta mediante una confusa forma de escapismo romántico que añoraba un retorno a las simplicidades de una Naturaleza no adulterada y a una vida agreste no complicada». Stanley High expresa: «Nada tan claramente detestado como la imposición de una autoridad convencional y nada tan amado como la naturaleza».

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También la propia denominación posee un notable carácter simbólico. Fue Otto Roquette, autor y filólogo germano, quien inspiró con uno de sus poemas el nombre de los Wandervögel:

Ihr Wandervögel in der Luft, / im Ätherglanz, im Sonnenduft / in blauen Himmelswellen, / euch grüß’ ich als Gesellen! / Ein Wandervogel bin ich auch / mich trägt ein frischer Lebenshauch, / und meines Sanges Gabe / ist meine liebste Habe.

Sus aves migratorias en el aire, / en el éter, en el sol / en ondas de cielo azul, / ¡Os saludo como compañeros! / También soy migrante / tengo una vida fresca, / y mi regalo de canto / es mi querida.

De sí mismos, los Wandervögel decían «volar desde los confines de la escuela y la ciudad a un mundo abierto, alejado de los deberes académicos y la disciplina de la vida cotidiana en una atmósfera de aventura».

Además, impulsaron actividades de carácter cultural y dispusieron de su propia publicación: “Schülerwarte” (‘El observador escolar’). El baile, la música y la literatura convivieron con una fuerte influencia intelectual. Stachura recuerda: «El movimiento juvenil fue, a su manera, un microcosmos de la Alemania moderna. Pocos fueron los dirigentes políticos, e incluso menos los intelectuales, entre las generaciones nacidas entre 1890 y 1920, que no fueron alguna vez miembros del movimiento juvenil, ni influenciados por él en sus años más impresionantes. E incluso quizás más importante que este elemento personal es el hecho de que todos los grandes temas de la época se reflejan en la historia del movimiento. Al principio era de carácter no político, o más bien deseaba serlo, pero fue gradualmente atraído hacia una confrontación con las cuestiones dominantes de la época».

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El movimiento se extendió rápidamente por toda Alemania, llegando después hasta Praga y Viena. John Gilis argumenta: «Irónicamente, la aportación más notable de Wandervögel, un movimiento histórico-social asociado con la rebeldía, fue un nuevo tipo de conformidad institucionalizado en las escuelas y en las organizaciones extracurriculares como la satisfacción de la supuesta necesidad de los adolescentes. La imagen de la dependencia y la inmadurez se convirtió gradualmente en el principio de funcionamiento de todos los organismos estatales y voluntarios que se ocupan de la educación y el cuidado de ese grupo de edad. Hacia 1933, la condición de dependiente de los 14 a 18 se daba por sentado; y la declaración nazi de ese año, que oficialmente exigía la asociación de todos los jóvenes con la juventud hitleriana sólo completó una tendencia hacia la supervisión obligatoria ya bien encaminada».  Posteriormente, también en Japón se crearían réplicas de movimientos Wandervögel.

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Ya durante la Primera Guerra Mundial, muchos jóvenes fueron movilizados y el movimiento comenzó a mostrar signos evidentes de debilidad, escindiéndose en pequeños grupos, muchos de ellos fuertemente politizados. Algunos de estos fueron los proto-hippies de la comuna de Ascona o los proto-fascistas Caballeros Blancos. Además, la crisis económica de 1929 hizo que el estilo de vida errante propio de los Wandervögel se transformase en inevitable y medio millón de adolescentes se vieron obligados a vagar sin rumbo por el país. Así, cientos de jóvenes comenzaron a mostrar comportamientos salvajes y conductas depravadas y delictivas, como el ejercicio de la prostitución o las frecuentes orgías y borracheras.

En 1932, Daniel Guerin, periodista francés de paso en Alemania, afirmó al encontrarse con una de estas bandas de adolescentes: «Parecían Wandervögel pero tenían los rostros afligidos y depravados de los rufianes y las más extrañas coberturas en sus cabezas: chaplinescos bombines negros o grises, sombreros de mujer mayor con las alas vueltas hacia arriba y adornadas con plumas de avestruz y medallas».

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Un año después, tras el ascenso al poder del nazismo en 1933, el movimiento Wandervögel, como cualquier organización juvenil, fue ilegalizado respondiendo a la voluntad de encuadrar a la juventud en una nueva organización: las Hitlerjugend o Juventudes Hitlerianas. Muchos se adhirieron a éstas mientras que otros crearon grupos de oposición al III Reich.

Tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un intento de recuperar el movimiento Wandervögel. En la actualidad, sigue activo en algunas ciudades y cuenta con unos 5000 miembros, la mayoría en territorio alemán.

 

Japón o Seppuku

25 de noviembre de 1970, silencioso y oscuro, el último samurái japonés se disponía a encender una última llama de salvación social, política y espiritual a Japón. Portando un emblema japonés en la cinta de su frente y con cuatro de sus más fieles y entrenados mandos miembros de la sociedad paramilitar llamada ​“Tatenokai”​ (La Sociedad del Escudo) cuya misión simbólica era dar la vida por el Emperador. Mishima hace acto de presencia.

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Se adentra en el Cuartel de Ichigaya, el cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón y tras amordazar a Kanetoshi Mashita, comandante en jefe del Ejército, forma barricadas en su despacho y se dirige hacia el balcón para lanzar un mensaje atronador a los soldados del ejército japonés que, a las afueras, contemplaban su acción.

Sin temor a la muerte ni a las consecuencias, estaba decidido a recuperar la soberanía y los valores de un pueblo inmerso en la podredumbre de lo moderno. Dirigido. Una especie de revancha de una Guerra en la cual no pudo participar por tuberculosis, y que quemaría poco a poco su espíritu.

Uniforme militar, forme mirada, a viva voz y como si un rayo de luz atravesara sus entrañas promulgó:

«¡Hemos visto a Japón emborracharse de prosperidad y caer en un vacío espiritual… hemos tenido que contemplar a los japoneses profanando su historia y sus tradiciones… el auténtico Japón es el verdadero espíritu del samurai… cuando vosotros (soldados) despertéis, Japón despertará con vosotros… Tras meditarlo serenamente a lo largo de cuatro años, he decidido sacrificarme por las antiguas y hermosas tradiciones del Japón, que desaparecen velozmente, día a día… El ejército siempre ha tratado bien al Tatenokai, ¿Por qué entonces mordemos la mano que nos ha tendido? Precisamente porque lo reverenciamos… Salvemos al Japón, al Japón que amamos.!»

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Nadie le escuchó y Mishima humillado, entró de nuevo en el cuartel y meticulosamente, comenzó con el código tradicional y ritual de suicidio “​Sepukku”​. A sus 45 años un genio de la literatura contemporánea caía en las sombras, para siempre.

Su muerte fue la abdicación del Japón Antiguo e ilustres de la literatura acudieron a su entierro. Entre ellos su mentor y premio nobel Yasunari Kawabata.

Entre sus obras más destacadas está su autobiográfica ​“​Confesiones de una Máscara”. Sed de amor” (1950), “Color prohibido” (1954), “El pabellón de oro” (1956), “El marinero que perdió la gracia del mar” (1963), y su tetralogía “El mar de la fertilidad” (1970) en la que se incluyen “Nieve de primavera”, “Caballos desbocados”, “El templo de alba”, “La corrupción de un ángel”, “El rumor del oleaje” (1956), “Después del banquete” (1960), “Música” y “Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis”.

Obras teatrales como “La marquesa de Sade” (1965) y su cortometraje “Yokoku”, llegando a representar en el su propio suicidio.

Consiguió el Premio Shincho, el Premio Kishida por Drama, el Premio Yomiuri a la mejor novela, y el Premio Yomiuri por el mejor drama. Siendo candidato al Premio Nobel de Literatura en varias ocasiones.

Una estancia en este mundo marcada por el tormento paulatino y la necesidad de exponer al mundo su visión de la vida de forma artística, la cual nos enseña como la decadente sociedad posguerra mundial corrompe los espíritus. Haciendo mella en aquellos que aún conservan los valores antiguos y llevándolos como última opción, al igual que su mentor Kawabata entre otros muchos héroes, a una victoria honrosa y un merecido descanso. La muerte.

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@kimitakhiraoka

Nación de naciones y tontos de los cojones

 

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Fotografía de Santiago Felipe/Getty Images

Llego un poco tarde. Yoko Ono se ha sumado al manifiesto «Let Catalans vote» de la mano de los bufones de Junqueras y Puigdemont. También lo ha hecho algún que otro futbolista al que ya se le había pasado el arroz. No sé hasta que punto esta artista y performer –así lo dice la Wikipedia- conoce nuestra Constitución. Pero da igual. Poco se podía esperar de la rencientemente reconocida coautora de ‘Imagine’: esa pieza de barbarie musical.

Un mundo «sin países ni religiones», demandaba Lennon. No es casualidad que la canción haya sido escogida por el progrerío internacional como un estandarte de la paz frente al terrorismo. Porque es por todos sabido que –nótese la ironía- nada hay mejor para combatir esta lacra que hacer desaparecer las fronteras. «Levantar más puentes y menos muros», dicen los horteras. Y porque resulta más fácil criticar a todas las religiones desde la equidistancia que condenar la interpretación que unos cuantos hacen de la suya. Les guste o no, contra los malos siempre será más efectivo un fusil que una bonita estrofa.

Sean cuales fueren sus intenciones, la realidad es que el mensaje subyacente de la canción no podía ser más funesto. El mundo del arcoiris y el relativismo más inmoral. El reflejo de la conciencia posmoderna, carente de valores. Y del fatídico ‘todo vale’. Así nos va.

Espero que los soñadores sean pocos. Cuantos menos mejor. Lo que todavía no acierto a comprender es cómo se proclamará independiente Cataluña en ese mundo sin países ni fronteras.

Grazie, maestro

 

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Fotografía de Víctor Echave (La Opinión A Coruña)

Su voz encadena, como las sirenas de Ulises. Le ha escrito una carta al gobernador de Libia y ha venido a hacer la latinización de la lengua árabe. No mordió el anzuelo de Jomeini y le gusta el pensamiento radical. Viene recto de la alta cultura de los sumerios; de Mesopotamia, como Isaac de Nínive. Y duerme dentro de un saco para no perder el contacto con la tierra. Así es Franco Battiato: único en su especie.

Ayer ofreció uno de sus conciertos en La Coruña. Pero lo que allí se vivió fue mucho más que un simple repertorio de obras maestras. La poesía, la sensibilidad, la música y la cultura se elevaron al máximo exponente. Aunque al son de L’ombra della luce cualquiera se creería inmerso en una profunda experiencia religiosa.

Así comenzó el recital. Sentado sobre una alfombra –como ya hiciera en Bagdad allá por el 92– que cubría el féretro sobre el que espera pacientemente la reencarnación. Cantó en italiano, pero el lenguaje de la belleza es universal. Y consiguió lo que pocos consiguen: provocar la admiración de un público de todas las edades, entregado al ritmo del cosmos e indiferente a la tiranía de las modas. Siempre me han gustado más las minorías.

Ahora ya lo sabemos: we never die, we were never born, porque somos seres inmortales caídos en la oscuridad. Como sus letras, tesoros imperecederos impasibles a la sombra de la falsa cultura que nos asfixia. Algo así solo puede ser fruto de la experiencia de quien ha vivido siempre buscando un centro de gravedad permanente.

Torquemada ha vuelto

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Agárrense a la silla. Varias bibliotecas suecas han censurado los cuentos de Pippi Calzaslargas por contener expresiones racistas. El debate, abierto en 2011 por una teóloga alemana, saltó a la fama en 2014 cuando la televisión, también sueca, se propuso eliminar fragmentos de la serie infantil para adaptarla a los estándares actuales. Y es que jugar a «hacer el chino» o referirse al «rey negro» rozaba lo inadmisible. La misma suerte corrió Tintín, cuando sus andanzas en el Congo fueron prohibidas en varios países por hacer «apología del colonialismo» y resultar «insultante para los negros».

Pero la lista es larga: cineastas, músicos y literatos de nuestros días también han tenido que lidiar con el motín de los moralistas. El monstruo de la corrección política extiende sus tentáculos, atraviesa nuestras pantallas y estrangula al que discrepa. Aparece entre los libros escolares de los más pequeños, en las paredes del metro o en el silencio del que prefiere callar y no decir nada. Y apaga, poco a poco, la llama de la libertad.

Quizás en unos años, si los puritanos tienen el detalle, podamos disponer de un manual donde se nos enseñe a existir sin resultar ofensivos. Donde no temer más la denuncia, el escarnio público o el auto de fe. O podemos ser inhumanos y cantar con alegría aquello de Las chicas no tienen pilila aunque hoy constituya un delito de odio. O hacer caso a Luis Alberto de Cuenca cuando, en boca de Loquillo, nos invita a decir cosas que nos lleven a la hoguera y a disfrutar pegando a un pedagogo. Mordamos la cabeza de serpiente, escupámosla lejos y digámosles con la cabeza bien alta y la boca llena de dientes: ¡váyanse todos a la mierda!